Claudio Fantini
Al decir que quien lo odia merece la muerte, no desvaría, sino que expresa la esencia misma de su pensamiento. El delirio de Muamar Gadafi es el mismo que gravita sobre todo líder totalitario: se considera la encarnación del Estado y la revolución. Y como Estado y revolución constituyen la patria, el líder es la patria. Ergo, defenderlo es patriótico, mientras que aborrecerlo y atacarlo es aborrecer y atacar la patria; abyección que sólo cometen los apátridas y los traidores.
Gadafi proclamó la jamahirya (Estado de masas), pero concentró en sus manos el poder que les había prometido. Igual que todos los líderes engendrados por las ideologías dogmáticas del siglo XX, pregonó la «democracia directa» del iluminista Rousseau, pero construyó la monarquía de Luis XIV; único déspota de la historia que tuvo la sinceridad brutal de hacer explícito el personalismo total, al decir «l`etat c`est moi» (el Estado soy yo). Lo demás es la justificación ideológica que toda dictadura se confecciona a medida.
Por eso no es extraño que Fidel Castro haya sido la más enfática de las poquísimas voces latinoamericanas que apoyaron al déspota libio, mientras ejecuta la más brutal represión desde los 20 mil muertos que dejó Hafez el Assad en la ciudad siria de Hama en 1982. El líder cubano es el ejemplo local de la máxima expresión del culto personalista. Comenzó confundiendo con él mismo a la revolución que, indudablemente, lo tuvo por ideólogo y mentor. Por eso acusó de «contrarrevolucionario» a todo el que lo cuestionó o propuso alternancia en el gobierno. En esa categoría cayeron incluso grandes combatientes de la guerra revolucionaria, como Huber Matos, comandante de la Novena Columna del Ejército Rebelde, que fue encarcelado durante largas décadas y luego expulsado al exilio por «contrarrevolucionario».
A renglón seguido, Castro se mimetizó con la patria, por lo que cuestionarlo implicó atacar la patria, algo que sólo hacen «los gusanos al servicio de la CIA y del imperio». Por el mismo camino marcha la construcción del poder total en Venezuela, lo que explica que Hugo Chávez sea el otro gran defensor que tiene Gadafi en la región, junto al nicaragüense Ortega.
Por cierto, también está la ayuda petrolera de Libia a Cuba, así como la cooperación militar y los negocios efectuados sin ningún tipo de control.
El gobierno argentino no apoyó explícitamente al dictador libio, pero su silencio ante las masacres, además de contrastar con su declamado fervor por los derechos humanos, trajo a la memoria el discurso de la presidenta en su reciente visita a Trípoli. Allí, Cristina Kirchner resaltó la antigua comunidad de ideas con su anfitrión; así como la fascinación que Gadafi despertaba en la izquierda peronista de los años setenta, hoy en el poder.